MI HORA DE CLASE – Concurso de Maestros Inolvidables

By Álvaro G. Peralta 4 meses agoNo Comments
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MI HORA DE CLASE

Le debo la vida a mi profesor. Para mí fue como un padre, y yo para él como su hijo. No había día que no me llamase la atención en clase, ya hubiese mantenido la boca cerrada desde que me sentara en mi mesa. Me daba lecciones de vida, me decía que tenía que estudiar para ser alguien en la vida. Porque para ser alguien hay que formarse desde pequeño, empaparse de todos los libros que lleguen a nuestras manos, para beberse de ellos el conocimiento. Todo nos va a servir, desde los sintagmas nominales, hasta la II República Española, pasando por el Iloveyou, la raíz cuadrada, y los Sistemas Penibéticos. Ya ven, todo para adentro, sin filtro. Y, Dios nos libre (que también nos sirve) de olvidarnos de los exámenes. Para un profesor cuanto más nota mejor, cuanto más aprobados muchísimo mejor. No un aprobado cualquiera de esos de refilón condicional al siguiente trimestre, bla, bla, bla. No, no, no. Aprobados con buena nota; que ese numerito no baje del nueve, muchacho, decía. Entonces claro, se nos junta la pubertad con la exigencia de ser notables, sino sobresalientes. Tenía toda la mesa de mi habitación repletita de boletines de notas, ordenadas por año, para ir viendo el crecimiento, la variación porcentual de la entrada de conocimiento vía embudo por mi cabeza. Porque, claro, todo esto resulta fácil si no se le añade tener soberanamente prohibido olvidar las cosas. Y en esas me encuentro yo ahora, con alguien que ha olvidado hasta de cómo se llama.

Ahora estoy devolviéndole la vida a mi padre, le doy de comer al mediodía, lo baño en la tarde y lo acuesto cuando se queda dormido en el sofá de las películas. Y hago lo mismito que hago cuando voy al colegio, me empapo, bebo y no me olvido de nada. Me recuerda hasta el quejido voluntario contra mi persona. Me dice: haces mucho ruido cuando es la hora de la siesta, no te dejes las luces encendidas, termínate todo el plato si no quieres merendar lentejas, colócate bien la ropa, no andes descalzo por el suelo. Si la película de esa noche le recuerda a mi madre, lo tengo toda la noche llorando sin dormir. Si es de esas de disparos, se duerme enseguida, barbotea alguna soberbia queja mientras va poquito a poco ladeando la cabeza sobre el hombro para lograr la plenitud durmiente. Como la mitad de nuestro tiempo lo paso llevándolo de un lado para el otro por el pasillo, aprovecha para hacer stop en cada uno de los rincones de la casa donde haya algún marco de foto. <<Qué guapo estabas aquí, hijo>>, me dice tímidamente mientras acaricia con la yema de sus dedos mi rostro imberbe y rojizo por el acné. Cuando tomamos pista, se queda mirándome un rato mientras le acomodo la manta y le acerco el mando, luego niega con la cabeza, frunce el ceño, arquea sus labios, y me obvia, dándome a entender que no me conoce, y por tanto no merezco su atención como si así lograra hacerme desaparecer para en mi lugar renacerme en alguna cara conocida que luego olvide, y muera, y así sucesivamente.

Mi padre nunca fue de hacer amigos nuevos. Mi profesor también parecía un tipo solitario. A veces, se me parecen tanto que los confundo. Cuando hablo de ellos varío los nombres, le adjudico recuerdos al otro. Qué lio, todo.

Una de las primeras semanas, un martes si creo recordar, mientras lo estaba bañando, comenzó a hablar como si estuviera dando clases, con la misma soltura que mi profesor. Cambió su postura y varió el gesto, y cubierto de agua hasta el ombligo, habló con voz firme y ronca, de sus años en la enseñanza y en el cigarrillo. Entonces se dirigió particularmente hacia mí, me agarró del hombro, y como un padre agarraría a su hijo cuando quiere mostrarle el camino, me soltó: <<Hijo mío, tú debes seguir mis pasos>>. Me agarró la mano y la esponja se hundió en el agua como un navío mercante naufragado, me acarició la mejilla como tantas otras veces en las que me he sentido reconocido, y continuó hablándole a la clase como quien está echando una regañina.

Destaco entre todas las cosas que dijo, la importancia de ser quien queremos ser, de elegir entre tanta materia la que más nos guste, aquella en la que destaquemos. Pero que es importante estudiar, cada una de las asignaturas.

Entonces levantó la mano con un dedo firme hacia el techo y me obligó a seguir su dictado.

—Si tu destino es dedicarte a la enseñanza, si has nacido con ese don. Tienes un deber para con ellos, ¿quién eres tú para negarte? —inquirió severo. Fue capaz de sacarme una sonrisa, la noté subir por mis mejillas hasta el cielo. Él, a su edad, la confundió con una burla irrespetuosa que se contrarrestó con ligeros golpes en el agua mostrando su enfado.

Sigue pensando que tengo ese don. Yo, haciéndome pasar por su alumno más aventajado, asentía en todo momento, como si le estuviera escuchando (eso hacía, ciertamente), pero en realidad lo que me invadía era la gratitud de quien debe y da una vida a cambio.

Acabé  por hacerles caso.

Todas las mañanas recorro el mismo camino de siempre. Cuando me adentro en los pasillos del colegio me creo viajar a la otra época. Ellos ya están dentro. Cada uno sentado en su silla, detrás de sus pupitres. Tienen abiertos sus cuadernos a la espera de poder escribirse más de dos sueños cumplidos. Todos esperan, son míos, como mis hijos, es un don. Cambio de postura, varío el gesto.

Cuando regreso a casa papá está esperándome en el sofá. No me ve llegar del colegio. Pero no quiero molestarle. Simplemente, me siento a su lado. Solo eso.

Al rato, le llamo con delicadeza y le informo de que ha llegado su hora del baño. Y la de mis clases, pienso.

 

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